
El pasado 25 de marzo de 2026, el tablero de las Naciones Unidas proyectó una imagen que debería helar la sangre de cualquier argentino orgulloso de nuestra tradición civilista. Por 123 votos a favor y apenas 3 en contra, el mundo dio un paso hacia la reparación histórica por la trata transatlántica de esclavos. En ese minúsculo y aislado rincón del «No», junto a Estados Unidos e Israel, apareció el nombre de la República Argentina.
Este voto no es una simple postura diplomática o un «alineamiento estratégico». Es una bofetada a la identidad nacional. Es, lisa y llanamente, el divorcio definitivo entre la actual gestión y la Argentina de bien que todos los ciudadanos con memoria y valores humanistas queremos.
La vanguardia que supimos ser
Para entender la magnitud del retroceso, hay que recordar de dónde venimos. Argentina no necesitó de presiones externas para entender que la esclavitud era una aberración. Mientras las grandes potencias que hoy imitamos seguían lucrando con el sudor y la sangre africana, nuestras Provincias Unidas ya marcaban el camino.
En 1813, la Asamblea General Constituyente dictó la Libertad de Vientres. Fue un grito de decencia en un mundo de cadenas. No fue una medida económica; fue un principio ético: nadie nacería esclavo en esta tierra. Más tarde, la Constitución de 1853, en su Artículo 15, sepultó para siempre la institución de la esclavitud, declarando que cualquier contrato de compraventa de personas sería considerado un crimen.
Esa es nuestra verdadera herencia. La Argentina de bien es la que se fundó sobre la base de la libertad universal, no la que se abraza a los rezagados de la historia para negar la necesidad de justicia y reparación.

Un aislamiento que nos desdibuja
Votar contra una resolución que condena la esclavitud racializada y busca reparar sus secuelas es una forma de negacionismo. Es pretender que el racismo estructural no existe y que la historia no tiene deudas pendientes. Pero, sobre todo, es una muestra de una soberbia intelectual que nos deja solos en el mapa.
¿Qué busca Argentina al quedar en una soledad casi absoluta? Si la intención es mostrar «rebeldía» ante el consenso global, han elegido la peor de las causas. No hay rebeldía en defender la indiferencia ante el mayor crimen de la humanidad. Hay, en cambio, una profunda desconexión con los valores de igualdad que nos hicieron grandes como nación.
La Argentina que queremos es la que lidera en derechos humanos, la que es ejemplo de transición democrática y la que siempre ha tendido puentes, no la que se encierra en un dogmatismo ciego que nos vuelve irrelevantes y, peor aún, moralmente cuestionables ante los ojos del mundo.
El imperativo de volver a ser
No podemos permitir que este voto pase como una anécdota más de la agenda internacional. Es un síntoma de una enfermedad más profunda: la pérdida de nuestra brújula ética. La Argentina de bien no se construye con el desprecio a la dignidad humana ni con el rechazo a la solidaridad internacional.
Nuestra historia nos exige más. Nos exige estar del lado de los 123 que comprenden que el pasado debe ser sanado para que el futuro sea posible. Al darle la espalda a esta resolución, el gobierno no solo le dio la espalda a la ONU; le dio la espalda a los asambleístas de 1813, a los constituyentes de 1853 y a cada argentino que cree que la libertad es un derecho inalienable, nunca un privilegio de pocos.
Es hora de volver a ser esa Argentina de la que el mundo aprendía, y no esta triste nota al pie de página en los anales de la injusticia global.
Por Antonio Jorge Luis Roncoroni



