Adiós al Indio: Villa Gesell, el refugio donde nació la leyenda

Hoy, el rock argentino está de luto. Con la noticia del fallecimiento de Carlos «El Indio» Solari a los 77 años en Parque Leloir, se apaga una de las voces más trascendentales de nuestra cultura. Mientras el país despide al hombre que transformó la música popular, aquí en Villa Gesell, el viento del mar parece susurrar una historia diferente: la del origen de todo, de aquel refugio donde, mucho antes de las masividades y el mito, los Redondos eran apenas un grupo de amigos soñando frente al Atlántico.
Los años de iniciación: entre Valeria y la soledad de Mar Azul
Tal como relata Juan Provendola en Pulso Geselino, el Indio Solari vivió en Valeria del Mar entre fines de la década del 60 y mediados de los 70, antes de su regreso a La Plata y la formación definitiva de Los Redonditos de Ricota. En ese periplo, Villa Gesell fue un escenario recurrente, pero su experiencia más profunda ocurrió más al sur, en las arenas del balneario del Doctor Belmes, cerca de lo que hoy conocemos como Mar Azul.
Aquel lugar, un proyecto fallido de un médico cultor de la oxigenoterapia, se convirtió para el Indio en un santuario de libertad absoluta. En 1985, Solari narró esa experiencia en la revista Cerdos y Peces, y décadas más tarde, en 2017, la inmortalizó en Escenas del delito americano, su libro de historietas junto a Serafín, donde profundizó en lo que él llamaba «la política del éxtasis».
«En Doctor Belmes nos hacíamos unos trips impresionantes… toda esa casona estaba medio derruida, pero nadie se había llevado nada», recordaba el Indio. «Yo conviví algunos meses con ellos… andábamos prácticamente en pelotas, cantando con la guitarrita y tomando ácido. Éramos una pandilla de raros. Llegué con lo puesto, los zapatos con taco me jodían en la arena y terminé tirándolos. Anduve en cueros, hasta que me regalaron una túnica celeste fuerte. Era lo único que tenía, hasta que volví a La Plata».
El escenario donde todo empezó
Villa Gesell no fue solo un lugar de veraneo; fue el crisol de una amistad. Fue aquí donde sus lazos con los hermanos Beilinson —Skay y Guillermo— y figuras clave de La Cofradía de la Flor Solar, como «Rocambole» y «La Negra Poli», tejieron la red humana que daría forma a la banda más influyente del país. Nuestro geselino, el inolvidable Willy Crook, fue otro puente fundamental que reafirmó este lazo entre nuestra ciudad y el rock.
La épica de «La Chacha»: Tres noches inolvidables
La memoria geselina guarda con especial cariño lo ocurrido en 1982, en el local «La Chacha» (Paseo 106). Durante una Semana Santa, lo que nació como un festejo de cumpleaños para un artesano amigo, organizado por «Samba» y el mismísimo Rocambole, se transformó en una página dorada del rock. Ante el asombro de los comensales, el local vibró con Skay, la Negra Poli, Semilla Bucciarelli y un joven Indio de pelo corto y camisa hawaiana.
«Yo no lo podía creer, era maravilloso», recuerda Mirta Olmelli, dueña del local. La química fue tal que la banda regresó durante dos noches más para tocar su repertorio completo ante un grupo reducido de afortunados, acompañados por un baterista local que se sumó a la aventura de forma espontánea.
Un legado que trasciende el tiempo
Más allá de presentaciones formales, como aquellas en el boliche Massachussetts (Av. 3 y Paseo 114) —cuyo audio pirata sigue siendo un tesoro arqueológico en YouTube—, Villa Gesell guarda en su identidad una parte fundamental de la génesis solariana.
El Indio nos deja físicamente, pero su espíritu queda tatuado en la historia de nuestra ciudad. Cada vez que recordamos a aquel hombre que caminaba por nuestros médanos, descalzo y envuelto en una túnica, comprendemos que el rock no nació en los grandes estadios, sino en la sencillez de una peña, entre empanadas y amigos, bajo el cielo abierto de Gesell.
Hoy, la comunidad geselina abraza su memoria. Gracias, Indio, por haber elegido nuestras playas para empezar a cambiarlo todo.




