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CUANDO LA LIGAMOS DE REBOTE: EL ARTE DE COMPRAR QUILOMBOS CON CUPÓN DE DESCUENTO

Hay una vieja máxima de barrio que dice: “No te metas en pelea de hermanos, porque los hermanos se amigan y vos te quedás con el ojo morado”. Parece que, en la última semana, la diplomacia argentina decidió ignorar este consejo ancestral, se puso la musculosa más ajustada que encontró y salió a la vereda a gritarle a los vecinos más pesados del barrio global.

El resultado es el título de nuestra nota: la ligamos de rebote. Y lo peor es que ni siquiera estábamos invitados a la fiesta. Mientras el mundo se debate en un tablero de ajedrez donde las piezas son misiles y no peones de madera, Argentina decidió que era un buen momento para saltar sobre el tablero, tirar el café de uno de los jugadores y declarar que “ahora jugamos para el otro equipo”.

El club de los «Invitados de Piedra»

No somos los primeros, y lamentablemente, no seremos los últimos en recibir un «regalito» diplomático por meternos donde no nos llaman o por ser el eslabón más débil de una cadena ajena. La historia está llena de naciones que, por un exceso de entusiasmo de sus líderes o por una geografía inoportuna, terminaron pagando los platos que rompieron otros.

Miremos a Albania en 2022. En un arranque de fidelidad absoluta a Occidente, cortaron relaciones con Irán tras un ciberataque. ¿Qué ganaron? Que los servicios de inteligencia iraníes les hackearan hasta el sistema de turnos del dentista. Un país pequeño, con problemas estructurales, ligándola de rebote por una guerra digital que se pelea en servidores a miles de kilómetros.

O el caso de Azerbaiyán, que vive en un estado de «sosegate constante». Por su cercanía estratégica con Israel y sus acuerdos de defensa, Irán realiza ejercicios militares en su frontera cada vez que quiere mandar un mensaje a Tel Aviv. Azerbaiyán no quiere la guerra, pero tiene los tanques vecinos calentando motores en la puerta de su casa solo para que los de más lejos vean que Irán «tiene aguante».

Y no nos olvidemos de Paraguay en su momento, o incluso naciones africanas que, tras aceptar inversiones de una potencia, ven cómo la otra potencia les financia una guerrilla local. Es el destino del «país satélite»: brillar con luz ajena hasta que el sol decide que hoy no hay ganas de iluminar y te deja a oscuras y con frío.

La diplomacia del «Guapo de Teclado»

El problema de Argentina no es solo la postura, sino la forma. Existe una diferencia abismal entre tener una alianza estratégica y salir a buscar el conflicto con la prepotencia de quien tiene un guardaespaldas gigante, olvidando que el guardaespaldas vive en otro continente y nosotros compartimos la calle con cualquiera.

Decir «Irán es el enemigo» mientras todavía estamos tratando de entender cómo pagar la deuda externa es, como mínimo, pintoresco. Es como si el conserje de un edificio saliera a insultar al dueño de la cuadra porque el administrador del consorcio le prometió un aumento que todavía no le dio.

La respuesta de Teherán fue clara: «Cruzaron una línea roja». En el lenguaje diplomático, eso significa: «Te anoté en la lista de gente a la que le voy a complicar la vida cuando tenga un ratito libre». Y en un país que ya tiene el trauma de dos atentados, jugar a los soldaditos con palabras es, cuanto menos, una irresponsabilidad con tinte de comedia negra.

¿Mundo libre o mundo de locos?

El argumento oficial es que estamos volviendo al «mundo libre». El problema es que el mundo libre está bastante ocupado tratando de que no vuele todo por los aires como para andar cuidándole las espaldas a un país del Cono Sur que decidió que su mayor prioridad era ser el «abanderado de la libertad» en un conflicto milenario que no entiende.

Estamos en esa etapa donde el Presidente se siente en la mesa de los grandes, pero los grandes lo miran como al sobrino entusiasta que se disfrazó de Batman para una cena de gala: es tierno, pero en cualquier momento rompe un jarrón caro y el que lo paga es el dueño de casa (o sea, nosotros, los contribuyentes).

Conclusión: El rebote que duele

La ligamos de rebote porque elegimos estar en la línea de fuego. No por una necesidad comercial, no por una amenaza directa inminente, sino por una necesidad de pertenencia casi adolescente.

Mientras los conductores de nuestros streaming nos dice en el programa siguiente que debemos «ser naturales y coherentes», nuestra política exterior parece haber elegido el camino opuesto: ser artificiales y contradictorios. Queremos ser potencia mundial, pero nos movemos con la madurez de un troll de Twitter con acceso al botón presidencial.

Ojalá que el rebote sea solo de palabras. Ojalá que la «casa», como dice Nora, mande y nos devuelva un poco de cordura antes de que el próximo «rebote» no sea un titular de diario, sino algo mucho más difícil de explicar en una nota graciosa.

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