La participación de Jorge Roncoroni: Un arquitecto de la justicia marplatense

Por Antonio Roncoroni (h) En el marco del 70º aniversario de la colegiación oficial en Mar del Plata, reconstruimos la huella de uno de sus nombres fundacionales: el Dr. Jorge Mario Roncoroni. Un hombre que pasó del estrado a la historia, cimentando las bases de una autonomía judicial que hoy es el orgullo de la ciudad.
En los archivos del Colegio de Abogados de Mar del Plata, un nombre resuena con la fuerza de los pioneros: Jorge Mario Roncoroni. Su presencia no se desdibuja con el tiempo, porque los documentos de la época y la placa colocada ahora, en conmemoración de estos 70 años, actúan como un ancla de memoria que lo mantiene presente. Allí, entre los pocos elegidos para integrar el primer Consejo Directivo, figura el nombre de mi abuelo, J. M. Roncoroni, un hombre cuyo compromiso profesional permitió que la «Ciudad Feliz» dejara de depender judicialmente de Dolores para escribir su propio destino.
Entre leyes y la construcción de un hogar jurídico
La investigación histórica nos revela una distinción fundamental que a menudo confunde a los sistemas modernos: la abogacía marplatense existía como vocación mucho antes, pero carecía de «casa propia» oficial. Hasta 1955, los abogados locales eran visitantes frecuentes de la ruta hacia Dolores. Fue la Ley 5827 la que dio vida al Departamento Judicial de Mar del Plata, pero fueron hombres como Jorge Mario Roncoroni quienes le dieron alma.
Formar parte de ese primer Consejo Directivo no era un cargo de honores vacíos. En aquel 1956, ser Consejero Titular significaba una tarea titánica: había que crear de la nada los reglamentos de ética, organizar la matrícula de cientos de colegas y, sobre todo, garantizar que la justicia estuviera cerca del vecino.
Un legado de ética y cercanía: De Mar del Plata a Villa Gesell
Quienes analizan su trayectoria destacan que el Dr. Roncoroni no solo fue un técnico del derecho. Su participación en la vida societaria y comercial de la región lo pintan como un profesional que entendía que el abogado es, ante todo, un servidor de su comunidad.
Pero su legado más profundo fue humano y geográfico. Jorge eligió Villa Gesell para plantar su bandera y cobijar a los suyos. Fue allí, entre los médanos, pinos y mar, donde sus siete hijos forjaron sus propias historias, echando raíces profundas y dando vida a la gran familia que hoy, con legítimo orgullo, custodia su apellido. Su visión trascendió los códigos; construyó un hogar donde el esfuerzo y la unión fueron la ley primera. Esta estirpe jurídica, que nació con la valentía de su padre, mi bisabuelo Atilio Roncoroni, al fundar el estudio en Dolores allá por 1920, se mantiene hoy más viva que nunca. Aquella antorcha que comenzó hace mas de un siglo en Dolores sigue encendida, pero es en nuestra Villa Gesell donde el compromiso se vuelve piel: mi padre Antonio, mi tío Atilio y mi hermano Felipe mantienen hoy abiertos ambos estudios jurídicos, honrando cada día esa tradición de justicia que fluye por nuestra sangre desde hace cuatro generaciones.
Esta posta generacional no es simplemente el ejercicio de una profesión, sino la custodia de legado vivo que ha sabido cruzar el tiempos y la geografía. Cada vez que se abre la puerta del estudio Roncoroni en Villa Gesell o Dolores, no se abre solo una oficina, sino un capítulo más de esa historia que Jorge Mario soñó cuando decidió que este sería nuestro lugar en el mundo. Es allí donde el derecho se encuentra con la memoria, y donde el apellido Roncoroni sigue escribiendo, con la misma pluma firme de 1920, un compromiso inquebrantable con la verdad y la defensa de nuestra comunidad..
Una huella que cumple 70 años
Al cumplirse siete décadas de aquella gesta, la figura de Jorge Mario Roncoroni y sus compañeros del Consejo Directivo del primer Colegio de Abogados de Mar del Plata cobra una relevancia especial. No es solo el «abuelo Jorge»; es el prócer civil que, en una oficina seguramente llena de hojas y carpetas, discutía cómo debía ser la justicia de una zona que crecía sin pausa.
Su legado no se quedó atrapado en 1956. Vive cada vez que un joven abogado presta juramento, cada vez que una sentencia se dicta en los tribunales locales y, especialmente, cada vez que sus hijos, nietos y bisnietos miran esa placa conmemorativa y comprenden que su apellido es sinónimo de la libertad jurídica de todo un departamento judicial.
Jorge Mario Roncoroni no solo ejerció la abogacía: la fundó. Hoy, Mar del Plata, su querida Villa Gesell, sus amigos, sus colegas y su gran familia, nos ponemos de pie para honrar el legado de uno de los hombres más íntegros y fundamentales de nuestra historia regional en este aniversario de platino.
Crónica dedicada a la memoria de mi abuelo, Dr. Jorge Mario Roncoroni y a su inconmensurable obra, custodios de un pedazo fundamental de la historia bonaerense que hoy late más fuerte que nunca.





